• Jos Carpio

El tiempo en nuestra vida

Todo ocurría en un ritmo constante, recíproco. El amor que sentíamos el uno por el otro resistía a pesar de las decisiones que tomábamos tanto para nosotros como para uno mismo. En otras palabras, menos reales y más inequívocas, nuestro amor estaba determinado por el tiempo.


Una mañana en la que solo esperaba un desastroso infortunio, se convirtió en una de las mejores obras que el destino pudo crear, de las que podemos vivir infinitamente. Mi reloj averiado me había despertado sobre la hora aquel día. ¿Por qué nunca recordaba cambiarlo? Simplemente todo escurría en mi mente. Corría de una esquina a otra en mi habitación. Hoy me permito reírme de mí misma, de cómo era antes: una joven que vivía la vida sonriendo inclusive cuando me daba la espalda.


Recuerdo pequeños fragmentos que revivo para recrear todo esto. Desayunaba apresurada, algo para nada extraño en mí, ya que nunca desaprovechaba el tiempo y, como un soplido del viento, llevé mi alma a rastras fuera de mi hogar.


Creo que nunca en mi vida me había sentido tan mal conmigo misma como en ese día, cuando un idiota volcó todo el contenido de su botella de agua sobre mí. Créeme, cariño, que hasta el día de hoy, tus suplicas resuenan en mi mente pidiendo que no te golpee. ¿Mi rostro había tomado aquella expresión?


Chillé y maldije hasta que mi garganta comenzó a arder y a ti únicamente te divertía. Incluso años después consigo llevar tu brillante sonrisa ensanchándose cada vez más ante mí en mi memoria. Espero febrilmente nunca olvidarla. La verdad es que me divertía esa expresión tuya de culpabilidad. Me invitaste un helado de menta, como si fuésemos los adolescentes que un día habíamos sido. Aquella mañana reí como hace mucho no lo hacía. Despejaste las nubes grises de mi vista, dejando en su lugar un brillante sol. Y es que nunca olvidaré cómo el tiempo corrió desde las 9:30.


Un mes había transcurrido desde entonces. Escribir en esos tiempos en los que no te conocía lo era todo para mí. Así que intenté escribir sobre ti. Eran solo frases al aire, poesías que un día se convirtieron en un libro que contenía tu marca en él, tu huella impregnada como tu fragancia todas las noches a mi lado. ¿Quieres saber algo? Hasta el día de hoy no me arrepiento de haber hecho algo en tu nombre, porque nada de eso fue en vano. Nuestro amor nunca fue en vano.


Por un largo tiempo creé y escribí contigo apoyando cada paso, cada letra y cada párrafo. Nuestro día a día cada vez era más intenso y pasional, a tal punto que creí haber caído en tus brazos. Y no estaba equivocada. Aquel 11 de julio, exactamente cuando la noche se abalanzó sobre nosotros, las inevitables 9:30 fueron testigos de nuestros votos de amor. Fueron espectadores de un circo de romance y drama, de nuestra estrepitosa, ridícula y sumamente cursi-entre-sábanas adaptación de Romeo y Julieta.


No voy a darme el lujo de mentir entre estas palabras diciendo que nunca nos hemos separado desde entonces. Nuestros segundos siempre fueron oro hasta en esos momentos que no estábamos el uno junto al otro. Mis minutos valían oro en tus brazos. No voy a delatar ningún secreto que antes no haya escapado de mis labios. Mucho menos a desmerecer cada regalo que me daban tus suspiros, y es que no había sentimiento más digno que sentirme en vida cuando lo estabas tú.


Cada uno de mis recuerdos se ven afectados debido a los estragos sobre el dolor, pero aún recojo pequeños pedazos de memoria que quedan en mí, como el amor que alguna vez sentí.


El 21 de septiembre conseguí mi primera publicación en una de las editoriales más reconocidas a nivel mundial. Las palabras que dijiste siguen pronunciándose en mi cabeza: "tu regalo del cielo". Pues debo confesarte lo que sabías con seguridad: mi único regalo del cielo eras tú, el resto solo eran pequeños envoltorios insignificantes a tu lado.


Cenamos como solíamos hacerlo, el lujo y la elegancia huían despavoridos de nosotros cuando nos observaban. Éramos simples jóvenes persiguiendo sus sueños. Mis manos tiemblan en estos momentos a causa de las carcajadas que anhelan con escapar de mis labios, aún río como antes y sostengo estas arrugas a un lado de los ojos, pronunciadas cada vez más por los años que nos han cruzado encima.


Es imposible no recordar con una vaga sonrisa el momento en que lanzaste sobre mí la manta con la que solíamos descansar sobre el sofá, y cuando volví a observarte, estabas allí con el cabello oscuro totalmente alborotado y esos ojos mieles que desprendían un brillo característico que sólo yo podía notar en ti, ese brillo que me decía que estabas entregándote a mí. Una de tus rodillas se posó sobre la alfombra, mientras tu mano derecha se alzaba entre los dos. Recuerdo el reloj, las 9:30 se alzaban sobre nosotros. La primera lágrima brotó y segundos más tarde la cajita de terciopelo oscura se abrió dejando relucir dentro nuestro futuro, al que, incluso hasta el día de hoy, seguiría apostando; del que no me arrepiento en lo más mínimo.


Me es difícil observarte cincuenta años después en esta situación; sin embargo, mi mente parece aferrarse a los recuerdos más que al presente. Se aferra a los mejores momentos. No a estos. En mis mas salvajes fantasías, puedo estar a tu lado, sosteniendo tu mano, sintiendo cómo el corazón que un día latió tan rápido y excitó por mí, se apaga con cada segundo que transcurre, como esos ojos mieles que van perdiendo su brillo, aunque todavía se me es posible reconocerlos entre las tinieblas de un alma que nunca oscurecerá en mi presencia. Tu piel pálida me hace recordar a las grisáceas nubes que nos rodean en el exterior. Las nubes de una tormenta que juntos, aun sin ti a mi lado, atravesaremos. Porque con un "te amo" las palabras de una carta llegan a su fin, solo que la mía, cuando las 9:30 den, seguirá.


Siento cómo tu corazón inconscientemente se aleja de la realidad mientras el mío tamborilea, aferrándose al tiempo cuando el último minuto corre y el mismo se acaba. Cuando mi carta, precisamente a las 9:30, finaliza.


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