• Jos Carpio

El olvido no me deja ir

De hecho, me sigue diciendo que me equivoco, me arrepiento y que quizá sea feliz lejos de aquí. ¿Pero cómo me voy, si el olvido no me deja ir? Si en cambio, me hace recordar en cada noche,

(en cada sueño)


cómo sería la vida si nada hubiese cambiado. Porque de cien escenarios, noventa y nueve los paso a su lado, y el único restante es en el que me siento libre al fin. Pero el olvido no me deja ir.


Me retiene,


me aguanta,


estoy dependiente.


¿Es que de qué otra cosa escribiría, sino? Si mi existencia se basa en lo que no he sabido soltar, en el agarre firme de mis uñas sobre los rostros que casualmente—y por infortunio—, cruzaron mi mente un segundo. En esas tontas comparaciones que me surcan el pecho, y me hacen preguntarme cómo es que acaso yo podría ser mejor que ella,


que esa,


que cualquiera.


Pero resulta que yo tampoco dejo que el olvido se me vaya.


¡Es que me gusta su sabor a las 3 de la mañana! Cuando no tengo nada en qué pensar, más que en las tantas veces que prometí rezarle a la luna antes de dormir, y terminé encendiendo la lámpara por miedo a la oscuridad.


No me deja ir,


y yo


no me voy.

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Me gusta irme y me gusta volver. Aunque a veces vuelvo a lo que se fue, sin ir a lo que se viene. Escribo enredado. Escribo simple. Me gusta lo fluorescente y me gusta el pastel. Pretendo saber qué es