• Jos Carpio

Al fondo del placard

Nos esperan las canchas de frontón que quedan al otro lado de la Panamericana, como quien cruza por el puente por el que corríamos después de robarnos las botellas de licor que mi padre escondía al fondo del placard. Allá por agosto de hace unos 6 años atrás. Como si fuésemos eternos, enredados en el viento que generan los camiones que, a toda prisa, se pierden entre los ruidos de sus cláxones y nuestras risas.


Sin soltarte de la mano, cruzamos la cafetería amarilla a eso de las 6 de la tarde, sabiendo que ese día cuando cayera el sol, el café lo tomaríamos a escondidas. Y en medio de la pista, te veo resplandecer en dorado mientras me embelesas con promesas que terminan siendo las más dulces de las estafas. Y me besas como si creyeras que eso es justo lo que necesito. Y lo es.


Tan dulce, tan infantil, así se siente la vida cuando estoy junto a ti. Como una progresión de acordes clichés y un juego de tiernos rasgueos que acompañan mis medio tiempos. Juro que te vi en mis sueños. Vistiendo la misma sudadera granaté, con todo y tu mala pronunciación. Pero cuando tu voz áspera me pronuncia y las venas en tu vida me revelan las disculpas que me tocará recibir en algún momento, me convierto en una niña encaprichada, arraigada a la más insensata de las ilusiones. Este es el tipo de adiós que siempre saboreo desde el primer comienzo.


Entonces así es como debíamos sentirnos a los dieciséis, ¿ah? Compartiendo un cono de helado, sentados en la banca de un parque rodeado de casas bien pintadas. Y los grandes perros de raza que pertenecen a los vecinos adinerados, se acercan a oler nuestras huellas. ¿Podrán oler también nuestras sábanas donde pintamos nuevas pieles cada día, cada noche, cada semana de nuestros veintiséis?


Porque ahora estoy en la misma banca, y las flores marchitas, adornan mis sandalias bonitas sin que tú estés para sostener cada una de mis sonrisas. Regresé cuando me dijeron que las canchas de frontón nos seguían esperando. Nos desviamos en el camino, nunca llegamos. ¿Qué tal si ahora robo otro trago del mismo placard? Como si esta adultez no nos permitiera comprar nuestras propias copas en algún bar olvidado de esta ciudad.


De pronto esta libertad me atrapa en sus espejismos de libre albedrío, ¿pero qué tan libre soy si sigo andando por el mismo camino? El de cafeterías amarillas, promesas vacías, y partidas perdidas en las canchas de fronton.

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