• Jos Carpio

Nicolás solo tiene 6 años

Nicolás tiene 6 años. Juega sobre la alfombra del living con plastilina de colores, y con sus manos pequeñitas, arma mundos enteros que resaltan en neón. A veces, entre broma y juego, o en la vida que todos deberíamos vivir, nos sale con nubes rosas, dragones púrpuras, o grandes castillos rodeados de dinosaurios y cocodrilos.


Nicolás tiene ojo chinitos cuando se ríe de las bromas que suelto para ocultar mis días malos. Entonces, río también, incluso cuando antes repetía, una y otra vez, que no me gustaban los niños.


Pasa que quizá solo quiero a Nicolás.


Algunos días me pone un poco de plastilina en las manos para que haga algo que él no puede hacer, como un conejo, un color raro, un árbol super grande...o tan solo respirar.

.

Nicolás se apoya en mi hombro cuando regresamos a casa del hospital. Siempre un poco incómodo, nunca se queja de la cánula que lleva sobre el rostro. Yo solo acaricio su cabecita intentando atenuar los recuerdos de las enfermeras y de los pasillos de aquel lugar.


Algunas veces, a pesar del cansancio, habla super emocionado sobre el disfraz que quiere usar para Halloween.


Nos callamos.


No sabemos qué decir.


Uno. No sé si ellos sienten lo mismo que yo. Dos. Tal vez simplemente estar en Halloween sea pedir un poco demasiado. Tres. "Puedes ser lo que quieras", digo.


Sorprendido, Nicolás me mira lleno de sorpresa con sus grandes ojos cafés; aún en su inocencia, es consciente de lo que genera hablar de planes a largo plazo. Y yo, que no tolero los sueños arruinados, me voy de boca, repitiéndole que seremos todo lo que él quiera ser siempre y cuando él siga aquí. Y parece más una súplica que un consuelo.


Nicolás me abraza, sostiene mi pena unos segundos y saca un poco de plastilina de su bolsillo. En silencio, con el semblante serio, esculpe un conejo amarillo que me lo da en nombre del recuerdo de que en algún momento estuvo conmigo. Una posibilidad que solo habita en su mundo de nubes rosas y dragones púrpuras, junto con sus infinitos disfraces para Halloween.


Nicolás solo tiene 6 años.


O bueno, tenía, porque ya no está.


Nicolás solo tenía 6 años cuando jugaba en el piso de la cocina a armar naves de Lego. Cuando yo fingía heridas letales cada que él me tocaba con una de esas espadas de Star Wars. Habían días buenos y días en los que la esperanza, la espera y el adiós parecían tener el mismo significado. Las noches en las que la vida dolía un poquito más fuerte, me sentaba al lado de Nicolás y le leía cuentos para dormir, aunque siempre terminaba recitándole algunos de mis poemas acerca de un tipo de amor que él nunca conocería...Nicolás se dormía y yo me preguntaba si el mundo tal cual la conocía era suficiente para él, porque para mí no lo era.


Resulta que Nicolás tenía consigo solo los mejores 6 años de mi vida.


El niño más hermoso que alguna vez jugó a las escondidas en su pijama de patos enmascarados.


Nicolás llora.


Nicolás sonríe.


Nicolás se queda.


Nicolás se va.


¿Quién podría decirme algo si decido quedarme sentada en el piso de la cocina, pretendiendo armar mundos en los que todavía él esté ahí?


¿Qué pasa si, inconscientemente, mis manos dibujan su rostro en cada pedazo de plastilina que encuentre? ¿Qué pasa si alguna vez olvido la forma de su naricita o si el neón de pronto deja de ser un color brillante para mí? ¿Y qué pasa si me deshago de tanto rogar por un milagro, cuando el único milagro que quiero es que regrese y se quede por siempre aquí?


Nadie sabe cómo hablar de un increíble niño que ya no está.


Recuerdo a Nicolás como mi pequeño mejor amigo, el hombrecito que quería pisar la luna usando pantuflas de cocodrilo. Los sueños que no se cumplieron, los sueños de todo lo que él quería ser, y mi sueño de que él simplemente sea.


Recuerdo amar a Nicolás, y aún lo hago.


De aquí a donde esté.



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