• Jos Carpio

Confesiones de otoño

¿Qué éramos tú y yo, además de 4 paredes y una cama inundada de lágrimas?


¿Qué éramos además de la misma nada?


¿Qué éramos, sino una canción de amor estival? Interpretada en las grandes sinfónicas de nuestros armarios, rozando nuestros secretos, sujetándolos con ambas manos. Dos estúpidos cadavéricos sin ninguna intención de soltar las telarañas de sus traumas. Dos engendros del pasado. Visiones desfiguradas de nuestras propias ensoñaciones, carentes de realismo, atiborradas de expectativas. Fantasmas en medio de la misma habitación, con nuestras sombras recorriendo los distintos rincones. De pronto, como dos contornos riendo en claroscuro, dos siluetas fundiéndose, dos perfiles yuxtapuestos.


¿Qué éramos tú y yo, además de lo que nunca fuimos en verdad?


¿Qué éramos además de un gato y un perro?

¿Qué éramos, sino un poema sin rimas, una prosa sin lírica? Escrito por los grandes poetas que yacen bajo sus tumbas, con algún viejo amor todavía clavado bajo las uñas. Los grandes artistas que nunca resplandecieron en dorado, debajo de túnicas y coronas de plata. Los grandes artistas robados, aún ensimismados en encontrar la tua cantante. Exiliando a su musa, y buscando su reemplazo debajo de las piedras.


De rocas y mucho polvo.

De agonías y poco azolvo.


¿Qué éramos tú y yo, si no somos más que un mal paso? Y ahora que las copas están tiradas, y las botellas de vino se encuentran secas en reminiscencias, absorbidas cada vez que tu recuerdo asoma mi cabeza, te digo, te pregunto, ¿qué éramos tú y yo, además de un error enmascarado de acierto?


Tú, mi coche de huida.

Yo, tu callejón sin salida.

El peor de los escenarios para esta escena de cinemática negra.


¿Pero qué soy yo ahora, si un día fui lo que tú eras? ¿Y qué eres tú más allá de lo que soy yo en ti?


Hubo un momento, hubo un día.

Hubo un todo, hubo incluso toda una vida.

De rocas y mucho polvo.

De agonías y poco azolvo.

Pero de mañanas de primavera, con jardines de rosas y girasoles volviéndole la mirada al mismo sol. Su único centro, como el de nuestro más grande secreto, que encubrimos como la más grande de nuestras hazañas. Y conspiraciones debajo de la luna, cuando tuvimos que haber bailado con las piezas que componíamos durmiendo. Los días de azul y rojo, los días que se tinturaron de lila. El violeta que no solo cura las heridas. Las películas a las que le ponemos stop, las vidas que pausamos un momento para ahora poderlas continuar, pretendiendo que nada sucedió en ese interludio con sabor a merlot.


¿Qué somos ahora, además de ser una lámpara apagada, una tierna sonrisa, dos manos soltadas, una renuncia resignada a su despido? Si un día estuvimos atiborrados de esta falsa seguridad y del violento atrevimiento con el que uno proclama ser el amor de otra vida.


Y ahora, que lo veo todo claro, como algo que no tuvo ni compás ni sentido, regreso a mi centro, buscando con frenesí los rezagos que quedaron de mí en ese tiempo perdido.


Entonces cambio la pregunta, mientras me vuelvo a colocar todos los anillos que regué debajo de las sábanas aquella noche de año nuevo. Pacientemente, limpiando los desaciertos de los tacones que me volveré a poner, y pretendiendo nunca haberme oído decir lo mismo cada vez que me ha tocado presionar sobre la herida:

¿Qué soy yo ahora además de ser solo mía?


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