• Jos Carpio

Augusto

Querido Augusto,


Llevo años sin escribir de ti, aunque solo un par de meses sin escribirte. Cuando pienso en lo que fuiste, siempre pienso en los años de faldas a cuadros, medias guindas, en las monjas que nos corrían del huerto durante las reuniones de padres de familia, porque decíamos que por las noches deambulaba una monja sin cabeza, y qué valiente sería el que se atreviera a cruzarlo a solas y a oscuras.


Para ponerlo simple, cuando pienso en ti, pienso en los años felices. Pues qué otra cosa son sino los tiempos de la primaria, donde apenas uno bordea los diez.


Por ejemplo, siete eran los años que tú y yo teníamos cuando nos conocimos, en esa clase de teatro que nos hacía sentir como dos peces fuera del agua, buscando un poco de raciocinio entre gritos y vergüenzas que ninguno de los dos estaba dispuesto a pasar.


Quién diría que nueve años después, yo estaría estudiando actuación en esa universidad por la que pasaba de niña, cuando mi padre me llevaba a mí y a mi hermana a montar caballo, por allá en el sur, muy cerca a la playa. Y quién diría que, también nueve años después, tú estudiarías ahí mismo, alguna carrera relacionada con el mar, con las olas, con todo ese mundo lleno de vida que siempre te ha gustado, porque como tus ojos, resplandecía en azul.


Como sea, no nos duró mucho. Estábamos un poco perdidos, un poco desorientados, así que nos fuimos al año, dejando ese posible reencuentro a la intemperie, como todos los posibles reencuentros que tuvimos durante el vacío que surgió después de mi partida en el 2009.


Augusto, te cuento que cuando me rechazaron de la escuela de Música, dejé de tocar y de escribir hasta que 6 meses después, mientras hacía algo tan banal, tan mundano, como sacar copias en la librería de la universidad, te vi.


Entonces, volví a escribir.


Y hasta ahora no he parado.


Querido Augusto o querido Z, como quieras que te llame, contigo empecé este camino de amores perdidos, pero si las coincidencias que nos hicieron una vez, se aburren de los amores vacíos y deciden diseñarnos de nuevo, quizá las iniciales de tu nombre, así como van de la a A a la Z, signifiquen también las iniciales de mi fin y mi comienzo. Y deba pasar por otras 25 letras en el camino para llegar a ti de nuevo.


¡Es que han pasado 16 años desde esa primera vez que te vi!


Rubio, bajito, extremadamente travieso, que se me hace insensato y hasta imposible, creer que se pueda ser capaz de mantener tan vivo un sentimiento por tantos años para que no resulte ser algo. Porque entonces cuál es la razón de tantas películas de amor. O cuál es la razón por la que me acuerdo de ese mp3 blanco que llevabas a todos lados, repleto de canciones de Queen que ponías durante las clases de ciencias, cuando nuestro amigo de lentes raros, pensaba que la letra de "I Want To Break Free", realmente decía "A Huacho me fui". Era un niño, no pasa nada. Pero qué ridícula yo, siendo niña también, y creyendo que de verdad esa era la letra.


Recuerdo a tus novias, Z. A la primera que tuviste cuando eras mi amigo y tenías solo 10. Ella era mayor que tú y yo, y además era guapa, como todas las que le siguieron. Ahora sé que yo también lo soy, pero seamos claros, porque lo obvio es obvio: nunca he sido y nunca seré la clase de novia que busca un surfista.


Soy más de madera y cabañas en el bosque, de mantas y tazas de café con un buen libro que no pienso leer, sobre la encimera. Soy de Rock n' roll, pero no soy de perdiciones. Así como tampoco soy de acampar en la orilla. Aunque siempre me ha gustado estar orillada, tomar decisiones en el borde, que es donde me puedes encontrar cuando me enamoro y la vida entera me estorba.


Augusto, si tuve alguna vez un sentimiento tan puro, ese fuiste tú. Por eso todas mis cartas de amor con amor de verdad, van para ti. Porque los otros son impuros, son indignos. Pasa que ojalá todos los que vinieron después, hubiesen sido como tú. Aunque dudo que incluso tú en cierto punto, hubieses podido llegar a serlo. No sé si el problema está en mí, o en el resto que no entiende que lo básico y lo decente, humanamente hablando, al estar en una relación, es precisamente estar y ser eso, ser decente en la indecencia que envuelve un beso fortuito.


Qué rara la vida de grande, ¿no? Sobre todo qué grandes los amores de vida que uno puede tener. Parece que se olvidan de que una vez, cuando fueron chicos, también querían dar la vida por alguien más. Y honestamente, a estas alturas, con un café en la mano, te aseguro que ya no creo que va por un tema de ser hombre o de ser mujer, o de simplemente ser.


Ellos dicen que el olvido es atemporal.


Yo digo que el recuerdo también.


Ve tú cómo es que yo aún no me olvido de ti, Augusto.


Y sé que vos también te acordás de mí por momentos. En argentino, como te gustaba hablar a veces.


Querido Z, si hay alguien digno a quien le pueda contar la forma en la que me rompen, es a ti. Porque a quién más le daría mis quejas de amor, si no es a mi gran amor de niña. A ese que quería sin malicia, sin tretas que ocultar. Cuando las mariposas que me volaban por la panza eran dulces, y no pura ansiedad que es lo único que conozco hoy en día. Esos tiempos donde el solo roce de una mano era suficiente para alimentar la ilusión durante una semana, ¡e incluso un mes! Cuando ni Julián, ni Gaspar ni Marco existían. Cuando yo andaba entera y escribía de amor antes de que el amor me pasase como un tren que le pasa encima a todas las cartas de odio que lancé en la estación.


Pasa que ahora solo me quieren a lo lejos, o a lo que creen que soy o puedo ser. Algunos inclusive me quieren por la manera en la que quiero. Y luego cuando me tienen, les estorbo. Cometo el patético error de exigirles lo justo, y me inquieren que lo justo para quién. Sueltan que estoy loca, dicen que escuché mal. Que fue el trago, la luna, o que simplemente estaban un poco confundidos o un poco emocionados, cuando dijeron que yo era el amor de sus vidas. Así que me abandonan de a pocos, como creyendo que así no fuese a sentir bronca, o dolor, o ansiedad, y lo que realmente me hacen sentir son ganas de mandarlos a la mierda por burlarse de mi tiempo, por burlarse de mí.


Augusto, siento que ya no creo en lo que la gente pueda decir de mí cuando habla de sus sentimientos, porque los veo, y los veo a todos iguales. Vistiendo el mismo traje elegante que combina tan bien con sus mentiras. Ya no les creo a los que escriben mi nombre al lado de una promesa de amor eterno, a esos que se emocionan al mendigar un nuevo intento, y luego abandonan con la misma fuerza con la que se auto invitaron.


Algunas veces me acuerdo de ti, Z, y en lo simple que es querer cuando se es una niña. Con una inocencia genuina, y no con el engaño que te hacen creer a los 18, cuando te dicen que la inocencia la llevas en el cuerpo y que pienses bien a quién se la das. Pues yo no fui así, Z. No fui pura, ni ilusa, ni inocente de mentira. Últimamente, creo que fui inocente de verdad. De niña quería, quería bien y quería en serio, pero la persona a la que yo quise así (porque después de ti salí a la vida queriendo como una niña), esa persona me quitó las ganas de seguir haciéndolo. En cambio, sacó de mí sentimientos malos, sentimientos egoístas, un poco de rencor, un poco de venganza, y hasta me hizo un poco narcisista. Pero eso está de más ahora, porque no eres tú y esta carta es tuya, con palabras de amor hacia ti y hacia mi infancia y hacia la manera en la que amo.


Y Augusto, quizá no seas tú realmente. Quizá tu nombre sea la manera en la que me refiero a mí, a mi yo de 7 años, de 8, de 9, de 10, a la yo que he encontrado cada cierto tiempo y de la que me he enamorado un poco más cada vez. A mi yo que cree que tantos corazones rotos, y tantos amores fallidos, son solo los pasos necesarios para volverte a encontrar, o en este caso, para volverme a encontrar.


Querido niño de ojos azules, tal vez no seas más un recuerdo necesario, pero siempre serás uno muy querido. ¿Ya ves cómo la vida siempre se queda corta cuando uno quiere decir lo que siente? Tienes que saber que el fin no llega por sí solo; nosotros decidimos cuándo sucede.


Y este es el final de tu carta.


Querido Augusto, ojalá me quieran bien, de la manera en la que yo te escribo, de la manera en la que yo te quise.






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